Un profesor debe ser un intelectual, en el mejor sentido de la palabra. Para serlo, nunca puede dejar de ser estudiante. Solo así podrá comprender a sus alumnos y encontrarle sentido a su labor. Ese es el ejemplo que deben darnos todos los profesores, su gusto por conocer, por educar y por educarse. Sin duda, esa fue la consigna del profe Mario, que el pasado 30 de noviembre emprendió el camino hacia la sabiduría infinita.
En nombre de sus alumnos, sus colegas, amigos y familiares, queremos darle un último adiós por este medio. Todos los hombres como él, que entregaron su vida al servicio, a la educación; a conocer y compartir el conocimiento, merecen permanecer en la memoria, para que nos acordemos de ellos y quede evidencia escrita de su rica experiencia. Personas como el profe Mario, siguen contagiando su entusiasmo y compartiendo sus saberes aunque no podamos escuchar más el latido de su corazón. Ahora latirá en muchas almas y todos los diarios conservados por siglos en escuelas, bibliotecas, archivos y los miles de hogares a los que llega El Sol.
Del profesor Mario Gilberto Llamas Gamboa, tenemos que recordar muchas cosas. Nació en la ciudad de Zacatecas el 8 de septiembre de 1938, se formó como profesor de educación primaria en la Normal Manuel Ávila Camacho de esa misma ciudad. Conciente de las necesidades educativas estudió otras dos licenciaturas, Especialidad en Historia y especialidad en Pedagogía en la Normal superior Nueva Galicia de Guadalajara Jalisco. Después continuó con la licenciatura en Psicología en la Dirección General de Mejoramiento Profesional del Magisterio, y la maestría en Pedagogía en la Escuela Normal de graduados de Monterrey, Nuevo León.
Como todo aquel que es conciente del valor del conocimiento, y preocupado por las injusticias sociales decidió incursionar en otro campo y cursó la licenciatura en derecho en la Universidad abierta de San Luís Potosí. Se graduó, obtuvo su cédula profesional como abogado y puso su despacho jurídico para apoyar a los más necesitados. Nadie como él conocía la legislación educativa y todo lo relacionado con las leyes y la organización escolar. ¡Nadie como él! y lo sabe bien la maestra Berthita, su esposa y compañera de proyectos. Juntos sirvieron a su comunidad y dieron testimonio de vida conyugal como pareja y como profesionistas.
Incansable educador, el profe Mario, fue profesor y director de escuelas primarias y formó a generaciones de docentes, como director o como profesor de materias: En la Normal Rural de Perote, Veracruz; en la Normal Luís Villarreal de El Mexe, Hidalgo; en la Normal Benito Juárez de Atequiza, Jal; en el Centro Regional de Educación Normal de Tuxtepec, Oaxaca, en la Escuela Normal Superior José Santos Valdés, en la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez, de Cañada Honda y en su amado CRENA, donde muchos lo recuerdan: Abel Oliva, su compadre Antonio Mendoza “El Tles”, Toño Ventura y toda una lista interminable de discípulos que siguieron su ejemplo.
Además, supo asumir importantes responsabilidades administrativas. Entre muchas otras, fue supervisor de la Zona Escolar Regional, Jefe del departamento de directores técnicos, subdirector general de la dirección general de educación normal, encargado del departamento de bachillerato abierto, asesor en la excelencia educativa del estado del Aguascalientes, y fundador de varias instituciones, como la Escuela Normal Experimental de Rincón de Romos y la Normal de educación Física de Aguascalientes.
Entre otras cosas, también le tocó ser uno de los fundadores de la que hoy es la Unidad 011 de la Universidad Pedagógica Nacional, trabajando hombro con hombro con la querida maestra Paulita García González como directoria de la Licenciatura en Educación Primaria por el año de 1976, y junto con profesores de la talla de mis queridos maestros Jesús González Rivas y Demetrio Rodríguez Orozco.
Decimos adiós al profe Mario, pero nos quedamos con él, con su ejemplo de amor al estudio, su buen humor y su optimismo; que en tiempos difíciles como los de ahora, escuchemos su palabra alentadora. Por eso lo escuchaban atentos sus estudiantes, y no conformes con tenerlo en su clase, lo seguían hasta su casa de la colonia del Valle, para continuar con su charla amena y constructiva y contagiarse de su entusiasmo. El profe era también un amigo, dicen los que fueron sus alumnos. Mario era un gran hombre, incansable, sabio, los colegas y amigos.
Ahora, muchos más lo conocemos y lo conocerán generaciones por venir, para encontrar en su camino de vida, una vía para seguir adelante. Que lo sepa Agapito, su hijo, que no lo olviden sus hijas Liz y Telo, que un papá nunca muere, y que el profe Mario, vive y trasciende en ellos y en muchos más que lo llevan en su memoria. Un abrazo a ellos, a la maestra Berthita, a todos sus familiares, alumnos y colegas, como signo de compañía, de reconocimiento y solidaridad. Que descanse en paz el profe Mario.
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